¿Puede crecer el turismo de pequeño formato sin perder su esencia?

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Jennifer Peral | ¿Puede crecer el turismo de pequeño formato sin perder su esencia?

Hay proyectos turísticos que nacen pequeños porque no tienen otra opción. Y otros que deciden seguir siéndolo incluso cuando empiezan a crecer.

La diferencia entre ambas cosas me parece interesante.

Llevo un tiempo acompañando la comunicación de Anaga Biofest, un festival de turismo regenerativo que se desarrolla en la Reserva de la Biosfera del Macizo de Anaga, en Tenerife. Este 2026 celebra su sexta edición y, al revisar su evolución, hay una pregunta a la que vuelvo constantemente.

¿Hasta dónde puede crecer un proyecto sin perder aquello que hizo que funcionara al principio?

En su primera edición, celebrada en 2021, Anaga Biofest reunió a unas 350 personas en torno a una treintena de actividades y contó con la participación de alrededor de 50 agentes locales. Cinco ediciones después, el proyecto ha multiplicado su alcance y reúne a miles de participantes y a un número mucho mayor de personas, entidades y proyectos vinculados al territorio.

Y, sin embargo, sigue defendiendo una idea que puede parecer contradictoria: el turismo de pequeño formato.

Jennifer Peral | ¿Puede crecer el turismo de pequeño formato sin perder su esencia?
Cartel Biofest Anaga 2026

El problema no es crecer, sino lo que cambia mientras creces

En turismo hemos aprendido a utilizar el crecimiento como un indicador de éxito.

Más visitantes. Más impacto. Más notoriedad. Más actividad económica.

Crecer puede ser algo positivo. Se suele traducir en más oportunidades para quienes viven y trabajan en un territorio, mayor capacidad para desarrollar proyectos y más recursos para proteger aquello que hace singular a un destino.

El problema aparece cuando el crecimiento empieza a modificar las relaciones que sostenían el proyecto. Hay cosas que no aparecen fácilmente en una memoria de resultados. Como la confianza, el conocimiento mutuo, la posibilidad de escuchar antes de diseñar y la relación directa con las personas que habitan el territorio.

A medida que un proyecto crece, estas relaciones pueden volverse más complejas. Lo que antes se resolvía en una conversación puede necesitar procesos, protocolos y estructuras de coordinación. Lo que antes era una red de personas conocidas puede convertirse en una base de datos de colaboradores.

Y ese cambio no tiene por qué ser negativo, pero sí merece ser observado.

¿Cuándo empieza a hacerlo un proyecto de turismo de pequeño formato ?

Uno de los problemas es que solemos entender la escala únicamente como una cuestión de cifras. Sin embargo, un proyecto puede recibir a muchas personas y mantener una relación cercana con el territorio. Y otro puede tener pocos visitantes, pero estar completamente desconectado de quienes viven en él.

Por eso, tal vez el verdadero tamaño de un proyecto no debería medirse solo por el número de participantes. Hay que preguntarse quién diseña las experiencias, quién toma las decisiones y cuánto espacio existe para adaptar el proyecto a lo que ocurre realmente en el territorio.

En el caso de Anaga Biofest, me interesa especialmente que el crecimiento no haya llevado a abandonar algunos de los principios que marcaron su origen: experiencias de grupos reducidos y una participación directa de productores, artesanos, asociaciones, guías y otros agentes locales.

No es una fórmula perfecta. Y probablemente tampoco exista., pero sí plantea una cuestión que considero cada vez más relevante para la gestión turística: crecer sin sustituir la relación con el territorio por una representación del territorio.

No es lo mismo trabajar con una comunidad que construir una experiencia que simplemente parezca local.

Una pregunta que llega antes o después

Creo que esta reflexión trasciende a Anaga.

En los últimos años estamos viendo cómo muchos proyectos vinculados al turismo responsable, rural o regenerativo empiezan a ganar visibilidad. Algunos reciben más demanda de la esperada. Otros crecen porque encuentran financiación. Otros descubren que aquello que funcionaba para veinte personas también puede interesar a cientos.

En ese momento llega una pregunta incómoda:

¿Seguimos siendo el proyecto que queríamos ser?

No creo que la respuesta tenga que ser renunciar al crecimiento, pero sí creo que el crecimiento debería obligarnos a revisar continuamente aquello que no queremos perder. En el caso del turismo de pequeño formato, quizá la escala no sea tanto una cifra como una forma de relacionarse. Con el territorio, las personas y  con los límites que ese lugar es capaz, o no, de asumir.

Acompañar la comunicación de proyectos como Anaga Biofest me recuerda constantemente que no todo lo que funciona necesita crecer sin límites. A veces el verdadero reto consiste en aprender a crecer sin dejar atrás aquello que hizo que los demás quisieran acercarse a ti.

Siento que esa es la pregunta más importantes que puede hacerse hoy cualquier proyecto turístico que está funcionando bien:

¿Qué estamos creciendo exactamente y qué no estamos dispuestos a perder mientras lo hacemos?

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